El día de hoy decidí darme un paseo por el centro de Madrid. Consciente de que la historia la construyen los actos que van sucediendo con mayor o menor repercusión, este redactor quiso estar presente en la Jornada Mundial de la Juventud como ya lo estuvo en otros de diversa índole. Pero esta vez sin tomar partido, neutral, como un observador. He de confesar que nunca he sentido la mínima afinidad por la iglesia como institución, que he vivido una vida totalmente laica y que no me arrepiento de ello. Pero quería ver si realmente este acontecimiento era tan bueno o tan malo como se empeñan en dilucidar diversos medios de comunicación.
Así pues decidí ir a valorar el acontecimiento por mí mismo. En el metro la primera impresión. Repleto de una manera que nunca lo había visto. Se oían muchos idiomas de diversos lugares del mundo. Madrid era realmente un centro cultural de alcance mundial. Paseo por el centro y puedo observar distintos grupos de peregrinos organizados por nacionalidad mayoritariamente. Me siento realmente fuera de lugar pero decido hacer un esfuerzo e intentar ahondar en el ambiente social. Voy caminando por el centro y veo una peregrina francesa con la que entablo amistad. Belleza europea, castaña, ojos marrones. Logramos comunicarnos mediante una especie de inglés y francés mal hablado. Una chica realmente simpática y extrovertida, con una opinión no fanática en cuanto al tema religioso. Después de despedirme de ella continúo y hablo con unos peregrinos argentinos. Gracejo argentino pese a sus creencias. También gente normal, no el prototipo de gente cerrada y obcecada en unos dogmas estrictos. Una buena impresión
Sigo caminando y continúo viendo más grupos con sus banderas. Gente abierta bailando la música que ponen por los altavoces. No difieren demasiado de muchos jóvenes que salen los fines de semana por Madrid.
No he visto nada que me diga que esa gente es más rara o menos divertida que yo por el mero hecho de creer en Dios. Siempre he considerado a Dios como una especie de salvaguarda del miedo existencial a un vacio tras la muerte. El clásico drama Unamuniano, un corazón que quiere creer y una cabeza que no le deja. Hay gente que se deja llevar por el corazón, nada reprochable siempre que se cumpla el dicho de vive y deja vivir.
Pero es viendo a esta gente, gente joven, con ganas de vivir, un amor infinito a su dios pero sobre todo a sus prójimos, a sus amigos, a sus seres queridos…cuando me pregunto en qué coinciden esta gente con los altos mandos de la iglesia. Veo ciertas declaraciones de ciertos personajes de la iglesia que rallan en lo anacrónico. Quieren llevar la vida moral de una gente joven del siglo XXI con unos criterios morales y éticos que provienen del XIX. Los aires renovadores del Concilio II del Vaticano parecen haberse evaporado. Pasamos a otra era de reproches y moralidad, mientras la iglesia socava su imagen con el encubrimiento a actitudes deleznables. Todo esto lleva a que la gente joven se vea desacreditada por el hecho de una elección libre y personal. Si la iglesia quiere sobrevivir como institución y atraer nuevamente a gente joven ha de modernizarse y adoptar aires renovadores. Cierto es que el consumismo desaforado, la televisión, el nuevo individualismo ha contribuido a un decrecimiento de la importancia que se le da a lo espiritual. Pero la iglesia también ha de ver sus defectos y pulirlos para la creación de una institución verdaderamente social. No creo que haga falta aclarar que me refiero a altos cargos eclesiásticos y no a sacerdotes de parroquia o misioneros que claramente contribuyen a una mejor calidad de vida de algunas personas.
Para finalizar extraigo mis conclusiones. Este acto no es tan malo como ciertos colectivos se empeñan en decir. La mayor pega, al margen de la logística de la capital, es el tema de la financiación. La visita del jefe de una institución privada debería ser pagada por sus propios fondos, nunca por los del contribuyente, más en tiempos de crisis. Por lo demás nada que objetar. Sin embargo tampoco es tan buena como afirman los del otro bando. España no es un lugar en declive por su creciente ateísmo, su amoralidad, su falta de espiritualidad (esto a mi parecer puede perjudicar al individuo, nunca al Estado). España es un lugar en declive por muchas otras razones como la falta de ética de su casta política, su mercado especulativo o la falta de gestión. La iglesia no debería obcecarse tanto en criticar a los no creyentes si no que debería intentar ganarlos para ella.
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