-Joder, hace un calor de la hostia, estoy harto de este maldito verano- piensa para sí el chico solitario paseando por Madrid. Una figura juvenil. Unos 18 años. Barbilampiño, pelo revuelto. Unos pantalones vaqueros, camisa a cuadros y unas deportivas. A las 18 de la tarde en pleno agosto se ve poca gente por las otrora transitadas calles de Madrid. Ha salido a pensar. Harto de un ambiente hostil y conflictivo. Desde unos años a esta parte discute mucho en casa. No puede evitar recordar con nostalgia aquellos días de su niñez en los que su padre le acompañaba a jugar al fútbol en el descampado que hay cerca de casa. Su padre, una figura con grandes luces y sombras. No le odia, pero no puede evitar hartarse de su terquedad.
En aquellos tiempos en los que era solo un niño era feliz. Y era en quien su padre tenía depositadas las esperanzas. Las esperanzas de una vida mejor, de una vida próspera. Recuerda las risas alegres de la familia en torno a la paella de los domingos. Y aun en aquellos momentos su padre tenía esa extraña sombra en la mirada. Una sombra que revelaba que aquel hombre había sufrido mucho. Su padre se acercaba a los 50 años y siempre se había matado para sacarlos adelante, aquel primer hijo había sido su pasión. Trasladados a Madrid con el ansía de progresar el chico pronto destacó en el colegio. –El primero de la clase- solía decirle el severo maestro que le enseñó a leer y las cuatro reglas. Pero el tiempo pasó y el chico comenzó a pensar por sí mismo. A tener inquietudes, a protestar ante la injusticia de una vida claramente desigual, a cuestionarse dogmas y sobre todo a cuestionar a su padre.
Ahora se acababa el instituto, se acababa una era. El chico enfilaba por las angostas calles de Madrid. El sol se reflejaba en el alquitrán de las carreteras creando un efecto óptico que hacía pensar que las calles se derretían. Aprovechando que pasaba por un parque se sentó un rato a descansar y se encendió un pitillo. Se acordaba de su abuelo. Un abuelo al que nunca había conocido. –El abuelo murió en la guerra- le decía papá cuando el chico-niño aún- se atrevía a preguntar. Poco sabía entonces de la guerra. Ahora ya no pregunta, las preguntas sobran. Aquella estúpida guerra, como todas. Actualmente, ya mayor, cuando empieza a recorrer solo el camino de la vida, le duele pensar en su abuelo. Sentía odio. Odio por sentir odio hacía algo ocurrido tanto tiempo. Hacía sí mismo por sufrir tanto. Odio hacia su padre, que nunca olvidó y siempre transmitió aquel dolor en su mirada. Odio hacia unas personas que modificaron el destino de su vida antes de que naciera siquiera. Alguna vez se había interrogado sobre cómo habría sido su vida si el abuelo estuviera aquí. Si al menos le hubiera conocido…se imaginaba con él paseando por el pueblo mientras le enseñaba los secretos de la vida campestre. Cazar, pescar, cultivar el huerto.
Todos los meses de julio los solía pasar en el pueblo. Un pueblo que a él y a su padre no les transmite más que muerte y desolación. La desolación de la guerra. Ha pasado mucho de ella pero al pueblo le marcó tan profundamente que su huella aun se nota a primera vista. En el pueblo vive muy poca gente. Si van solo es porque allí vive la familia de su madre. Una madre generosa y dolida ante la perspectiva del alejamiento progresivo de su hijo hacia ella y su marido. Típica madre abnegada y generosa. En sus tiempos trabajó en una zapatería de dependienta pero ahora solo hace sus labores. El chico piensa en los veranos cuando era niño. En lo que pasó realmente, tan alejado de la perspectiva idílica de ir con su abuelo de la mano por el bosque. Recuerda pasear con papá por el huerto que un día fue del abuelo. Y también recuerda ir a su tumba. Los ojos brillantes de papá y sus manos apretadas denotando tensión. Una herida que nunca se cerraría por mucho tiempo que pasase. Su padre tendría 6 ó 7 años cuando murió el abuelo. El hecho de que tuviera que sacar adelante a su familia tan pronto contribuyó a forjar su carácter. Un carácter prematuramente maduro. Un niño hecho hombre, desprovisto de la inocencia de la infancia y arrancado hacia la adultez sin previo paso por la adolescencia. En cuanto tuvo edad para irse, papá se fue de ese pueblo que solo le traían a la memoria miseria y muerte dejando sola a la abuela, quien murió hace ya tiempo. No quiso irse del pueblo, abandonar sus raíces, el pueblo donde crió a su hijo, el pueblo donde está enterrado su marido. Pese a todas sus diferencias, él admira a su padre. Por su sacrificio. –Siempre ha tenido un par de huevos, por muy cabezota que sea- piensa el chico.
Dolido por los recuerdos que le asaltan a la mente decide reemprender la marcha. Caminando cerca de casa la ve. Y al momento en el que sus ojos contactan su corazón late. Late de ganas de vivir. El dolor se transforma en ternura y amor. Esa chica morena de ojos castaños. Él sabe cómo se llama, pero nunca ha tenido valor de decirle nada. Pese a su fuerte carácter, con las chicas siempre ha mostrado una gran timidez. Es algo que le atormenta y le castiga. Esta vez no ha sido una excepción y ha sido incapaz de decirle nada. Y el joven siente como las oportunidades con aquella muchacha se le escapan como se escapa el agua entre los dedos.
-Cago en dios- piensa para sí. –Soy un puto cobarde-. Se enciende un cigarrillo tratando de acabar con aquella desazón que le produce ser incapaz de hacer algo que desea tanto. Piensa otra vez en papá. En como empezaron sus discusiones. El origen de todo. Papá quería que se pusiera a trabajar cuanto antes. En casa necesitaban dinero y él era otra mano de obra. A él eso le dolía sobremanera. Se sentía un simple medio. Alguien a quien su padre quería manejar para sacarle dinero. En su fuero interno sabe que eso no es así, que si su padre pudiera lo mandaría a la universidad como el joven desea. Quiere ser arquitecto. El sueño de su vida es poder moldear las ciudades, dejar su firma en ellas y de paso acabar con la huella de dolor que le traen a él y a su padre ciertos lugares. Sus amigos van a estudiar a la universidad en unos meses y a él le duele no poder ir. Como le duele la muerte de ese abuelo que no conoció o no poder hablar a esa chica. Lo que el joven no sabe, aunque si intuye, es que su padre nunca pudo gozar de esas incertidumbres juveniles.
Resignado se encamina a casa cuando se encuentra a su padre en la puerta. Esperándole. Pelo canoso, huellas de cansancio en el rostro y callos en unas manos que llevan más de media vida trabajando. Temiendo la bronca paterna se anticipa a decir un: -No me jodas papá. -Ven aquí hijo, tenemos que hablar- se encuentra por respuesta. Sorprendido el joven se interroga a si mismo sobre de que le quiere hablar su padre. Se encaminan al bar del barrio. Un bar con parroquianos que oscilan la edad de su padre, quien saluda a los allí presentes. Tras pedir dos cervezas el padre le dice sin más dilación que le ha encontrado trabajo, trabajará por las tardes en una agencia de viajes de la zona. El chico siente que se le viene el mundo encima. Esperaba la noticia desde hace mucho tiempo, pero esa es la puntilla definitiva a sus sueños. Se tendrá que despedir de ser arquitecto, de ganar un buen sueldo, hacer lo que le gusta y poder ir con sus hijos a la playa como ve en la televisión en los meses de verano. No le sale de la boca más que un: -Pero papá, yo quería…-Calla, aun no he acabado de decirte todo lo que quería. He hablado con tu madre. Con ese sueldo más lo que saquemos de apretarnos el cinturón te vamos a pagar esa dichosa universidad. Espero que estudies mucho, al menor suspenso para casa y se acabó el cuento ¿está claro?-
Al joven no le salen las palabras. Siente que sus ojos se llenan de lágrimas de alegría. Y que le invade una profunda gratitud a su padre. Por su parte los ojos de su padre también parecen brillar, sin esa sombra de dolor por una vez. El chico piensa en que podrá estudiar lo que quiere, podrá convertir en realidad sus sueños. De hecho incluso decide que hablará con la chica que acelera su corazón. El padre por su parte se siente profundamente emocionado. Pese a lo duro que es con su hijo –como dura es la vida con las personas, piensa el padre- siente un infinito orgullo y amor por él. Arrebatado de su padre y tras una vida de sacrificios va a lograr el sueño de su vida. Lograr que su hijo tenga todo lo que él no tuvo. Una educación, posibilidad de progresar, que tenga una vida mejor. Su pecho se hincha de orgullo al ver casi universitario a aquel chiquillo con el que iba de la mano a ver la tumba del padre que le quitaron.
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